miércoles, 14 de agosto de 2013

Cuento: El garabato de Rajacho


DE FRANCISCO BALLÓN AGUIRRE

Andando por la segunda cuadra de la calle San Camilo perdido en una compra de paltas y aceitunas negras, entrada típica de los almuerzos domingueros, lo vi pasar:

-¡Rajacho! -lo llamé.

Volteó tan desconcertado que dudé si era él.

-¿Rajacho? Soy Armando... ¿te acuerdas de mí?
-¡Armandito, claro! Con escucharlo lo veo bien.
 

Y sonriendo nos abrazamos.

-¡Cuántos años! ¿Cómo has estado Rajacho?
-Haciéndole quites a la pacapaca don Armandito, no sea que me pesque dormido. Y usted ya es un hombrón.
-Tú estás igualito… ¿y de Mejía?
-Nos vinimos del todo, dejamos a los capis y a las lagartijas trompeándose bajo las casas, ¿se acuerda de Simón, mi hijo mayor?
-Sí, claro.
-Ya es contador…
-Te felicito, pucha, ¡qué gusto encontrarte!
-¿Y el doctor, su papá?
-Está muy viejito, casi ni reconoce.
-Ah, caramba... lástima.
-Sí pues, la vida pasa corriendo -le dije.

Rajacho es el pescador que en Mejía hacía de salvavidas para la "temporada" de verano de enero a marzo siempre con su toalla doblada al cuello. En un cuaderno rayado apuntaba las cuotas del "derecho de salvataje" que cobraba cada quince días. Hombre fornido, bajito y de piel curtida por el sol, con piernas de alicate, rajadas diríamos, era buen amigo de todos. Lo conocí mejor aquella vez cuando a mi papá le entró una fiebre rara y le pidió hacer un garabato y poco después Rajacho le trajo, envuelto en una maderita con forma de columna, un nailon grueso con un montón de anzuelos con sus plumitas y unos plomos pequeños de tramo en tramo y al final una "araña" o sea tres alambres curvos que al prenderse en la arena hunden la línea. ¿Cómo se amarran los anzuelos?, le pregunté, "se empatan bonito, pué", me contestó. Y él le dijo a mi papá, "¿cuándo lo probamos, doctor?", y entonces a mi papá le llegó la realidad de su encargo o por el compromiso o por qué sé yo, lo cierto es que no tuvo más remedio y soltó, "tú dinos cuando". "Pasado mañana la luna estará ardiendo", propuso. "Listo entonces", acordó mi viejo.

¡Pescar de noche! Corrió la voz y los amigos de mis hermanos se acolleraron y también picaron un par de los de mi papá. Y cuando la luna precisa salió la patota guiada por Rajacho llegó a la orilla del mar, en tinieblas se acuestan allí mantas de cangrejos tiznados y miles de camaroncillos sonámbulos hacen huequitos burbujeantes, y se oye a los tumbos quebrarse de un modo imponente, magnífico, como si el demonio afilara sus dientes o cascara la arena escupiendo espuma y se siente la fuerza de Dios amansándolo. "Aquí pescaremos", dijo con ojo experto y desenrollamos el hilo; Rajacho, con un protector de cuero en el dedo lo agarró a unos metros de la punta, un espacio libre de anzuelos, lo giró sobre su cabeza y lo lanzó volando, pero la resaca lo devolvía a la orilla. "Haría falta un cañoncito", pensé, y después de varios intentos lo volvimos a enrollar y Rajacho se metió con él al mar y al rato salió tan tranquilo diciendo, "lo dejé en el tumbo chico, ese pata lo jalará". Y efectivamente el oleaje se tragó el cordel y amarró el extremo a una estaca y la enterró hondo. "Vámonos a dormir -dijo secándose- hay que levantarse de madrugada".

Y soñé que pescaba una corvinaza plateada tan brillante que alumbraba los olones a su alrededor volviéndolos tubos fluorescentes de neón en donde corría tabla con la lengua afuera para pasar el mal rato.

Fui el primerito en levantarme por la emoción de saber qué habríamos pescado... cuando llegamos al sitio el nailon estaba templado, ¡picó una corvina!, lo enrollábamos y lo soltábamos lentamente, y en ese plan andábamos hasta que sobre una ola apareció y desapareció la corvinota lustrosa con la que soñé. La bandida quería escaparse dando volteretas y Rajacho ordenándonos, "¡tiren despacio, jalen poquito!", y yo no me aguanté, me metí al agua para verla de cerca. "¡Rajacho, Rajacho!", grité con todas mis fuerzas. Un hombre flotaba de espalda y los cabellos de su nuca estaban llenos de polvo nácar que reflejaban la luna. Y ahí todo se volvió de una emoción distinta, ganas por saber quién era y de nunca mirarle la cara. El ahogado que ya estaba cerca de la orilla, tenía la "araña" enredada en la garganta y una sarta de anzuelos clavados por todo el cuerpo. Trajimos agua en un balde y le lavaron las algas con conchitas y las cáscaras de muymuy que se le pegaron en la cara. "El Huarizo", susurramos en coro, sí era él, el pescador que hacía las huarachas y algunos fueron al puesto de policía. Como el sol ya amanecía por atrás de las dunas lo tapamos con una matara porque seguía con los ojos abiertos. El comisario o sea toda la dotación policial de Mejía, trajo a los familiares del Huarizo y un chinchorro dramático nos envolvió a nosotros. Huarizo se metió a pescar y se habría ahogado… eso parecía hasta que la mujer del pobre se lanzó contra Rajacho, "¡tú lo mataste, tú lo mataste!", y en comitiva fuimos a dar a la comisaría en donde la cosa empeoró porque la esposa de Rajacho llegó llorando por el muerto... Y a mi papá le pareció demasiado este asunto y mandó a los chicos a sus casas. Recuerdo ese desayuno tempranero con los lulos de Mollendo calientitos y la leche en porongo traída a lomo de burro.

Pasa el tiempo y un niño conoce pedacitos de la verdad, basuritas que los grandes sueltan en las veredas por las que él camina y el viento las arrastra a sus pies. En el pueblo unos decían que Huarizo era amante de la mujer de Rajacho, y otros que era Rajacho quien andaba con la de Huarizo…  un juez sentenció que Huarizo se había ahogado solito. Pero igual Rajacho no volvió a cuidar la playa. Al año siguiente, el primer día que bajaba a bañarme cerca al Malecón me alcanzó, "Armandito, te hice este cordel", y puso en mis manos una obra de arte de la pesca artesanal, gracias, le dije apenas y lo miré bajando las escaleras hacia la estación del tren y no volví a verlo hasta este encuentro en San Camilo:

-Sí pué, la vida nos corretea -me contestó.
-Todavía tengo el cordel que me regalaste.
-¿Tanto dura? Y yo ahorita que lo escuché llamarme, ¡Rajacho!, oí de vuelta su hilo de voz.
-¿Qué era?
-Que su llamado regresó, sonó igualito al que salió del mar.
-¿Así?
-Sí, me corneó la braveza… estoy a tiempo para decirle, pedirle perdón.
-¿A mí, perdón de qué?
-De lo macote que soy, no pensé que el más guagua encontraría a Huarizo -al escucharlo mi garganta arrugó las palabras- don Armandito desde aquel día cuando cierro los ojos lo escucho igual.

Le insistí que no había razón para disculparse y con otro abrazo nos despedimos. A los pocos pasos volteé a mirarlo y lo vi hundido en sus hombros como empapado de memoria.

Arequipeñismos: garabato/cordel/aparejo o sedal sin caña; pacapaca/muerte; capis/cucharachas; huarachas/estructuras de matara y palos; matara/totora; lulo/tipo de pan; macote/torpe; guagua/bebé.